DESAYUNO CON SORPRESA

             No habíamos todavía salido del maldito Covid, que ya nos habían metido en una guerra. Cada día las mismas noticias por todos los canales de tv. Me sentía agobiada. Además la primavera se estaba retrasando y a pesar de que ya estábamos a punto de comenzar Abril, mañana día uno, día de mi cumpleaños, el tiempo no acompañaba y estaba haciendo unos días de pleno invierno, lloviendo y nevando en las montañas. Todo ello hacía que me recluyera aún más y me sumergiera en una especie de pozo negro sin fin. 

            Me puse el despertador y me hice el propósito de celebrar mi cumpleaños, empezando con un buen desayuno, pasando de dietas, en cualquier granja del centro del pueblo. Pedí un croissant de cereales, un zumo de naranja y un café con leche. El camarero me fue depositando en una bandeja todo lo que le había pedido, a medida que lo iba preparando y cuando me alargó el café con leche me hizo un giño todo simpático.

            Había parado de llover y un tímido sol quería salir calentando el ambiente. Me senté en una mesa en la terraza y me puse a mirar la taza. El camarero me había dibujado un corazón con la espuma de la leche. Cómo lo harán me pregunté. Pero a medida que me iba fijando en el corazón, éste se desdibujó y empezó a girar en círculos concéntricos, que con más velocidad atraían mi mirada hasta el punto de que toda yo era absorbida como si de una centrifugadora se tratara.

            Lo cierto es que aparecí en un denso bosque. Sentí miedo, no entendía nada, pero mis pies andaban resueltos por un camino que no sabía a dónde me llevaba. En la lejanía vislumbré una casa. Esto me alivió. Pediría ayuda. No sabía cómo había llegado hasta allí ni dónde me encontraba. Alguien podría ayudarme.

            Un estremecimiento invadió todo mi cuerpo cuando después de gritar varias veces — ¿hay alguien?, fui consciente de que la casa estaba abandonada. Empezaba a anochecer y caían copos de nieve cada vez más seguidos. Di un empujón a la puerta que estaba cubierta de ramas y maleza y se abrió sin ningún impedimento. Entré temerosa de que hubiera alguna alimaña pero solo atravesar el umbral sentí una inmensa paz. Me acordé de Beatriz Montañez y su libro “Niadela”. Pero yo no sería capaz de vivir una experiencia de esa índole. Precisamente a mí ni mucho menos me había superado la fama, total si había vendido 200 ejemplares de mi novela ya eran muchísimos. Yo al contrario de ella necesitaba desesperadamente que la gente saliera de su burbuja y volviera todo a la normalidad y nos pudiéramos relacionar. Estos dos últimos años han sido para mí un calvario. Me he sentido más sola que nunca, he perdido muchas personas que yo consideraba buenos amigos. ¿Era por culpa de la pandemia que se habían marchado de mi vida o porque ya no me soportaban? Esta pregunta me atormentaba. Realmente siempre he ido de victima por la vida y eso a la gente le cansa. También hay quien te tiene envidia y no lleva bien que tú destaques y sobresalgas. En esto y en muchas cosas más soy muy ingenua.

            Por supuesto no había luz en toda la casa, pero alguien que había estado antes que yo había dejado unas velas y una caja de cerillas. Encendí un par y allí mismo vi un camastro. Me estiré con la idea de que al día siguiente cuando amaneciera lo vería todo más claro y podría volver a mi casa. Me acordé de Nil, mi adorable gatito, si tendría suficiente comida. De todos modos yo misma estaba sorprendida de que me encontrara serena y sin ninguna clase de miedo. Me puse a dormir, pero antes de conciliar el sueño escuché diferentes sonidos, que en otros momentos me hubieran asustado, pero que ahora me producían una extraña felicidad. Cada ser vivo por insignificante que sea emite su propio sonido y lenguaje. No estaba sola, formaba parte de un Todo.

            De repente sentí un brazo que me rodeaba la espalda.

— ¿Te encuentras bien? —me preguntó el camarero.

Roser Lorite


Fotografia: Pilar González-Agàpito

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