VENECIA SIN MÍ

 



 

Diane Keaton, interpretando magistralmente el papel de madre abnegada, soltó la lapidaria frase con la que su hija entendió todo. Y yo también.

Quince años atrás me marché de casa. Había esperado hasta cumplir los dieciocho. Se me antojaba que el hecho de irme habiendo alcanzado la mayoría de edad provocaría menos repercusión y minimizaría algo el drama que sabía que se cernería sobre mi familia. 

Estaba harta de mi madre, de que me tratase como a su eterna niña, del control que ejercía sobre mí, de sus reproches continuos. Ya no la soportaba. Me sentía presa, y ella era la carcelera. Nuestra casa era su guarida, y mi prisión.

Notaba caer sobre mí el peso de las viejas paredes del piso de setenta metros en el que vivíamos. Una vivienda incrustada en un edificio colmena. Para ella constituía un feliz hogar —era la abeja reina—; para mí, una telaraña. Todo lo que sucedía bajo aquel techo me provocaba ganas de evadirme —de hecho, era lo que llevaba haciendo de forma imaginaria desde la adolescencia—. El momento de la comida era lo peor. Siempre mostrando esa actitud condescendiente, ese afán por mantener un buen ambiente familiar. Se me antojaba tan peliculera… Así que ignoraba a todos y mantenía la vista perdida entre el plato y el maldito cuadro, motivo de tanta disputa entre nosotras. Y es que aquel cuadro tenía algo que me provocaba una enorme inquietud. Colgaba, cual ahorcado, de la pared engotelada del comedor. De niña, me daba miedo, soñaba que moría ahogada en una de esas casas que se alzaban desde el agua. «Es Venecia; es un recuerdo de mi luna de miel», resolvía ella.

Y yo seguía contemplando un mundo que se mostraba a través de los barrotes, cada vez más gruesos, de la litera metálica que compartía con mi hermana. Buscando el pedacito de cielo que se dejaba ver al final del patio de luces. Esperando el momento de volar.

            ¿Por qué lo vi todo de esa forma? ¿A través de qué distorsionado prisma observé mi mundo? ¿Cómo pude tergiversar los hechos de semejante manera? ¿Por qué no me di cuenta de que mi madre era la Diane de mi película?

Hoy, tras esos quince años de ausencia, vuelvo a casa. Bajo el brazo traigo el cuadro que me llevé con la intención de arrojarlo al primer contenedor que encontrase —por sus aguas tranquilas he navegado en las noches insomnes—.

 Mi madre abre la puerta secándose las manos en un paño de cocina. Se queda inmóvil y me contempla. Las lágrimas comienzan a brotar de sus ojos, el paño cae al suelo. Despliega sus brazos ante mí y me acomodo en su abrazo. Mis alas me han traído al lugar correcto.

«Nunca entendiste que quise ser nido y no jaula», eso dijo Diane Keaton.

 

 

Montserrat Pérez Martínez

Noviembre 2020

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