La despedida

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Abrí los ojos sobresaltada. Miré el reloj y… ¡horror!, qué tarde era, el despertador no había sonado. Llovía, me había dormido. Di un salto de la cama y entré en el cuarto de baño, pasé de darme una ducha, no tenía tiempo. Me vestí con las ropas que encontré por allí tiradas y salí corriendo. Me rocié con la colonia que le gustaba. Cuando ya subía el ascensor me di cuenta que no llevaba las llaves del coche. Volví a abrir la puerta de casa y, por favor ¿dónde las dejé anoche? ¡Dios, qué nervios! No podía dejar que se marchara, sin despedirlo, sin aclarar las cosas, sin decirle la verdad, lo mucho que lo amaba.
El tráfico estaba imposible, lunes por la mañana. Hice sonar la bocina varias veces y pisé el acelerador, miré el reloj y no llegaba. Adelanté varios coches y ocupando los espacios libres en la larga caravana, conseguí por fin alcanzar la estación central. Un nudo en el estomago me oprimía. Dejé el coche en un aparcamiento para inválidos y volé hacia el andén de los trenes de larga distancia. Se veía un tren en la lejanía que seguro había partido hacía pocos minutos. Me quedé clavada en el suelo con los ojos fijos en la distancia, nublados, llenos de lágrimas. Escuché pasos detrás de mí, alguien se acercaba y, cuando giré la cabeza para mirar, unos fuertes brazos me rodearon diciendo:
-Qué bien hueles, amor. Perdí mi tren.

Relato escrito por Roser Lorite

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