Cine, mariposas y amor


Las tardes de los domingos de otoño de los últimos años de la década de los setenta, como casi siempre, los amigos del barrio quedábamos para ir a una doble sesión de cine. Hora y punto de encuentro, después de comer en la esquina de casa, que a todos nos quedaba cerca, y como la sesión empezaba a las cuatro y terminaba sobre las siete, debido a nuestras edades, unos niños por entonces, no nos podíamos demorar mucho en regresar. Tras el cine, un frankfurt y un refresco, a veces compartido, pues la economía no daba para más, después vuelta a casa.

Recuerdo que con la llegada del domingo sentía nervios hasta que llegaba la tarde, y es que en aquel grupo había una personita que me hacía sentir mariposas en el estómago; aunque claro está, ella no sabía nada, o al menos yo así lo creía y a día de hoy sigo creyendo.
Llegada la hora de la quedada, las mariposas se multiplicaban y mi estómago se aceleraba por momentos mientras, entre risas y bromas, iniciábamos el camino hacía el cine y mis ojos buscaban a la personita. Tan solo sentir su presencia, saber que estaba allí, me hacía muy feliz, pero a veces nuestras miradas se cruzaban, y para mí era algo especial.
La entrada del Teatro-Cine Monumental, para nuestras mentes infantiles, era de lo más majestuosa. Sacábamos entrada para platea, la más cómoda pero también la más cara, cincuenta y cinco pesetas por aquel entonces. También disponía de un anfiteatro intermedio con butacas de madera y una tercera planta conocida como «el gallinero», la zona más económica.
Me sentaba con los nervios a flor de piel; porque, aquel ser que me llevaba loco, nunca sabré si por casualidad o no, casi siempre se sentaba a mi lado. Si ya con su sola presencia era feliz, cuando notaba el roce de su brazo con el mío, el mundo se llenaba de colores y las mariposas volaban por la sala dejando mi estómago, mi mente y mi cuerpo en un placer supremo.
Por desgracia, el tiempo, inexorable, pasaba muy rápido para mí; al salir del cine, la oscuridad, rota por la luz de las farolas, ya cubría Mataró. Entonces nos dirigíamos hacia el Frankfurt bajando por la Riera, la calle más comercial de la ciudad y donde también se hallaba ubicado el Teatro-Cine Monumental. Devorábamos el ansiado bocadillo y dábamos buena cuenta del refresco.
De vuelta a casa caminábamos decidiendo las películas del próximo domingo hasta que llegábamos al barrio; íbamos con las caras cabizbajas, pues se acababa otro día festivo, de cine, de alegría... y para mí de algo más. Algunos nos despedíamos por pocas horas, ya que acudíamos al mismo centro escolar, pero aquella personita no..., ella estudiaba en uno distinto. Se acababa el domingo y las mariposas me abandonaban, me cubría poco a poco de tristeza, aunque supiera que era pasajera.
Subía las escaleras de casa de dos en dos y llamaba al timbre, mi madre me abría la puerta y me preguntaba cómo lo había pasado; yo respondía con un sí seco y cortado, entraba en mi habitación, me estiraba en la cama, cerraba los ojos e intentaba volver así al principio de la tarde, a su mirada, a su cara, a aquellos roces inocentes..., hasta que mi madre me llamaba: «José, a cenar que mañana hay colegio».
Una de tantas tardes de cine, mariposas y amor que hubo con respecto a aquella personita tan especial en mi vida. Y de una felicidad infantil que, aún hoy en día, me trae inolvidables recuerdos.
Las tardes de los domingos de otoño de los últimos años de la década de los setenta, como casi siempre, los amigos del barrio quedábamos para ir a una doble sesión de cine. Hora y punto de encuentro, después de comer en la esquina de casa, que a todos nos quedaba cerca, y como la sesión empezaba a las cuatro y terminaba sobre las siete, debido a nuestras edades, unos niños por entonces, no nos podíamos demorar mucho en regresar. Tras el cine, un frankfurt y un refresco, a veces compartido, pues la economía no daba para más, después vuelta a casa.
Recuerdo que con la llegada del domingo sentía nervios hasta que llegaba la tarde, y es que en aquel grupo había una personita que me hacía sentir mariposas en el estómago; aunque claro está, ella no sabía nada, o al menos yo así lo creía y a día de hoy sigo creyendo.
Llegada la hora de la quedada, las mariposas se multiplicaban y mi estómago se aceleraba por momentos mientras, entre risas y bromas, iniciábamos el camino hacía el cine y mis ojos buscaban a la personita. Tan solo sentir su presencia, saber que estaba allí, me hacía muy feliz, pero a veces nuestras miradas se cruzaban, y para mí era algo especial.
La entrada del Teatro-Cine Monumental, para nuestras mentes infantiles, era de lo más majestuosa. Sacábamos entrada para platea, la más cómoda pero también la más cara, cincuenta y cinco pesetas por aquel entonces. También disponía de un anfiteatro intermedio con butacas de madera y una tercera planta conocida como «el gallinero», la zona más económica.
Me sentaba con los nervios a flor de piel; porque, aquel ser que me llevaba loco, nunca sabré si por casualidad o no, casi siempre se sentaba a mi lado. Si ya con su sola presencia era feliz, cuando notaba el roce de su brazo con el mío, el mundo se llenaba de colores y las mariposas volaban por la sala dejando mi estómago, mi mente y mi cuerpo en un placer supremo.
Por desgracia, el tiempo, inexorable, pasaba muy rápido para mí; al salir del cine, la oscuridad, rota por la luz de las farolas, ya cubría Mataró. Entonces nos dirigíamos hacia el Frankfurt bajando por la Riera, la calle más comercial de la ciudad y donde también se hallaba ubicado el Teatro-Cine Monumental. Devorábamos el ansiado bocadillo y dábamos buena cuenta del refresco.
De vuelta a casa caminábamos decidiendo las películas del próximo domingo hasta que llegábamos al barrio; íbamos con las caras cabizbajas, pues se acababa otro día festivo, de cine, de alegría... y para mí de algo más. Algunos nos despedíamos por pocas horas, ya que acudíamos al mismo centro escolar, pero aquella personita no..., ella estudiaba en uno distinto. Se acababa el domingo y las mariposas me abandonaban, me cubría poco a poco de tristeza, aunque supiera que era pasajera.
Subía las escaleras de casa de dos en dos y llamaba al timbre, mi madre me abría la puerta y me preguntaba cómo lo había pasado; yo respondía con un sí seco y cortado, entraba en mi habitación, me estiraba en la cama, cerraba los ojos e intentaba volver así al principio de la tarde, a su mirada, a su cara, a aquellos roces inocentes..., hasta que mi madre me llamaba: «José, a cenar que mañana hay colegio».
Una de tantas tardes de cine, mariposas y amor que hubo con respecto a aquella personita tan especial en mi vida. Y de una felicidad infantil que, aún hoy en día, me trae inolvidables recuerdos.


Relato escrito por José Ruiz Rodriguez

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