Carta para el recuerdo

Lágrimas que contenían una mezcla de júbilo, triunfo, calma, amor —mucho amor— y, sobretodo, esperanza, resbalaban hasta la comisura de sus labios temblorosos, que no paraban de dibujar tiernas y espontáneas sonrisas. Amalia sostenía en sus manos la carta con las palabras que había estado esperando toda su vida. En ella, Antonio le confesaba, por fin, que la quería, que la amaba desde el primer momento en que la vio y que, pese a que los avatares del destino se habían empeñado en ponerles distancia, él siempre la había sentido cerca, muy cerca: en su corazón. Y le decía, Antonio, que no quería resignarse a no tenerla, a no sentirla. Que ya no más, que ya había sido suficiente: demasiada la paciencia y demasiada la espera. Demasiada vida malgastada.
Amalia, llena de dicha, releyó y releyó la carta durante todo el día. Dispuesta a responderla, la volvió a doblar conforme venía para guardarla en su sobre. Con la algarabía de hermosos sentimientos que la embargaban no había reparado en que una nota acompañaba a aquella misiva. La sacó del sobre. Era un papel de libreta tamaño cuartilla en el que, de forma muy escueta, alguien que se identificaba como el nieto de Antonio le informaba sobre la muerte de su abuelo, y de cómo habiendo encontrado esa carta en su mesita de noche, pensó que era de justicia hacérsela llegar.
Nuevamente, lágrimas resbalaron por el rostro de la mujer. Esta vez, únicamente, contenían dolor, un profundo dolor.
Desde entonces, hace ya diecisiete años, Amalia acude fiel, todos los domingos, a visitar la tumba del único hombre al que ha amado en su vida. Hoy, que ya no recuerda ni cómo se llama, ni quién es la chica que la acompaña, ni por qué lleva un ramo de flores en la mano, cuando su sobrina termine de leerle la carta que lleva siempre en su bolso, recordará la sonrisa de Antonio, depositará las flores ante su tumba, y mirando hacia al cielo musitará feliz: “Mi amor, ya falta poco…”.

Relato escrito por Montserrat Pérez

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