Taxi Driver

Tuve un susto de muerte cuando la peluquera entró en mi coche y gritó:

“¡Acelera!”.

Elena, la peluquera del barrio. Habíamos crecido juntos, nos conocíamos desde que éramos renacuajos, había confianza más que de sobra, pero aquello ya pasaba de castaño oscuro. ¿Quién coño se creía que era para entrar así en mi coche y darme órdenes? Aquello no lo podía permitir, claro que no.

—¡Fuera de aquí! —le grité enfurecido.
—¿Qué? —respondió ella perpleja.— Pero, ¿ni siquiera me preguntas qué me pasa?
—¿Estás sorda o qué? —volví a insistir, de malas maneras.— Que te pires. Fuera de mi coche, ya.
—¡Juaaan! —gritó desesperada. —Me persiguen, Juan. Tienes que ayudarme —me rogó, apoyando su mano sobre la mía.— Me van a matar si no me ayudas.

Aquello me dejó indiferente. Que no. Esta vez no me lo voy a tragar, pensé.

—Si, claro. Te van a matar. Venga ya, Elena, hemos dejado de ser unos críos hace mucho tiempo... Cuéntale esa historia a otro, que yo no me la trago —le espeté.— Se ha terminado lo de burlarse de mí.
—Por Dios, Juan. Por lo que más quieras. No es broma, vienen a por mí. Si no me ayudas, estoy muerta —dijo sollozando.— ¡Ayúdame! Te pago la carrera, lo que me pidas.
—¿Y quién se supone que te persigue? —pregunté. Las lágrimas de sus ojos me habían hecho dudar.
—La mafia, la mafia china. ¿Me vas a ayudar?
—¿Los chinos? —estaba flipando.— Jodeeeer, Elena. ¿Lo dices en serio? Pero, ¿en que lío te has metido esta vez?

Estaba a punto de contestar que si, que no se preocupara, que haría todo lo posible para sacarla de aquel marrón en el que se había metido cuando vi asomar por la comisura de sus labios esa mueca socarrona que, tantas y tantas veces, me acompañó de niño: la sonrisa burlona con la que siempre acababan sus bromas.
Sentí cómo la rabia invadía mi cuerpo, un estallido descontrolado; con tal fuerza, que por un momento, perdí el control sobre mi cuerpo. Y entonces, exploté. Menuda hija de …me la está intentando colar de nuevo... Te vas a reír de tu puta madre.
Sin pensarlo dos veces metí la mano en mi pantalón. Allí estaba mi puño americano, ese que utilizo para asustar a cualquier cliente díscolo. Podía sentir cómo el acero me quemaba en el bolsillo… Y, sin mediar palabra, la golpee. La golpee a la altura de la mandíbula con toda mi fuerza. El golpe sordo del acero contra el hueso, la cabeza colisionando contra el cristal de la ventana del taxi como efecto de la fuerza generada y el chorro de sangre salpicando por doquier. Estaba una de esas
putas escenas a cámara lenta de las jodidas películas de Quentin Tarantino.

—¡Mierda! —me dije pensativo.— Ahora sí que voy a tener que acelerar...

Y mientras me alejaba, a toda leche, comencé a canturrear aquella cancioncilla de Alaska y Dinarama... “Noooo me arrepientoooo. Volvería a hacerlo…”


Lola Sarrión Paterna

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