Corrientes marítimas

Llueve un día más.
Uno puede caminar y sentir como la lluvia se filtra poco a poco por las prendas de ropa. Esas gotas golpean encima de aquellos cuerpos que por alguna razón, transitan la avenida Schultz: Cada cual con sus pensamientos, tan obcecados en sus ideas impenetrables, que al parecer, poco o nada les hace protegerse del agua. Lo aceptan como algo indivisible a ellos mismos. Tampoco se miran los unos a los otros. Puede que ni siquiera se miren a si mismos. Y entonces, ¿Qué observan? ¿Hacia dónde dirigen sus miradas?
La gran mayoría va descalza. Pero ellos siguen caminando. Aun con los pies mojados, abarrotados del agua que les llega hasta el primer dobladillo de los pantalones, siguen inertes hacia una misma dirección. ¿Hasta dónde querrán llegar en esas condiciones? La velocidad es lenta, incluso torpe. Algunos se balancean más que otros, pero al fin y al cabo, es como si no hubieran descansado esta noche viendo la carta de ajuste, observando los colores, adentrándose en ellos. O simplemente, han seguido caminando durante toda la noche y parte del día. Y así, durante semanas, incluso meses. Sin un objetivo al que agarrarse si quiera. Muertos de cansancio. O de algo más.
Desde lo alto de un edificio, en la misma avenida, sigo sentado en mi silla de camping de rayas verdes y azules, observando con un refrigerio de naranja caducado y unas patatas chips con sabor a nada, a aquellos que siguen, indudablemente, el camino hacia un nuevo hogar. Uno que creen saber, pero que desconocen en toda su totalidad. Desde el mismo día de su muerte, perdieron el norte hacia algún lugar.

― ¡Estoy aquí, arriba! ¡Aquí! ¡Y solo quedo yo! ¿A qué esperáis?

Llueve, y seguirá lloviendo, hasta el fin de la humanidad.

Relato escrito por Carlos Montero


Por cierto, si a alguien le interesa, Carlos ha tenido la maravillosa iniciativa de enviarnos su relato narrado. ¡Enhorabuena Carlos!

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