Asíntota


Te sueño, te sueño, y te sueño…Pero nunca te sueño como quiero.

Querría, por poner un ejemplo, soñar que me despierta un estremecimiento suscitado por el lento y cálido beso que se ha posado en mi cuello, girarme y encontrarme contigo. Despojarnos del mundo y de las vestiduras y mirarme en tus ojos hasta marearme en ese mar. Hablarte bonito ‒te reinventaré las palabras‒. Atrapar tu rostro entre mis manos y besar tu boca, comerme tus labios, tu cautivadora sonrisa y hasta tu voz, «Ay, el escalofrío que me provoca tu voz… pausada, suave como caricias de algodón». Sentir tu cuerpo fuerte y grande sobre el mío y hacerme más pequeña para caber en tu pecho y así quedarme a vivir ahí. Aspirar tu aire, impregnarme de tu olor. Enmarañar tu pelo con mis dedos, deslizar mis manos por tu espalda aprendiéndome cada uno de sus surcos, y abrazarte, apoderarme de todo lo que mis extremidades me permitan abarcar: tu cuerpo, tu alma, tu esencia. Respirar al unísono mientras te vas abriendo camino en mí provocándome un cúmulo de sentimientos y sensaciones que me embarga el ser y me devuelve a la vida ‒estaba muerta sin ti‒. Embriagarme de deseo y placer; de amor. Abrir los ojos un instante para contemplarte entregado a mí ‒archivaré, bajo llave, esa imagen en mi memoria‒ y, entre jadeos, lanzarte un “te quiero” atropellado. Y ya, fundidos en uno y faltos de aliento, tener la rotunda certeza, al fin, de que eres mío y de que yo soy tuya. Rehechos. Calmados. Para siempre.

Pero Morfeo no te trae a mí. Él se equivoca, y en lugar de obtener el material para ensoñaciones del cajón de los anhelos, lo saca del cajón blindado de los recuerdos, y me envenena las noches con lo que ya tengo de ti: un inocente primer beso ‒que aunque, realmente, fue el segundo, me cargo de un plumazo al primero para otorgar ese puesto al tuyo‒; unas manos entrelazadas, aún por crecer, jugando al escondite en pareja; una cena de guisantes con jamón en platos de plástico, arrodillados juntos en el suelo; un sinfín de tímidas miradas furtivas en un pequeño mundo de complicidades infantiles; una dulce ilusión para mantener latiendo al corazón eternamente, y un adiós infinito dosificado en el tiempo.

Ni en sueños te tengo; ni en sueños te olvido.

Relato escrito por Montserrat Pérez

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