Adios

¿Se puede ser la persona más feliz del universo y la más desdichada en menos de una semana? La respuesta es sí, rotundamente sí. El destino, suerte, providencia o cómo quieras llamarlo, te da y te quita de la misma manera. Un día, puedes estar en posesión de aquello tanto tiempo ansiado, de lo más valioso que tendrás en tu vida, de ver cumplido el sueño anhelado y al otro…. Al otro, no ser más que la sombra de lo que un día fuiste, de quedarte totalmente vacía y con el alma huera. Suena algo dramático, lo sé, pero nadie sabe por lo que se siente, por lo que se pasa, hasta que no lo vives en tus propias carnes, hasta que no te sucede a ti, a ti que pensabas que una cosa así no podría pasarte nunca, a ti que vivías confiada, a ti que la ilusión te había tocado y te había cambiado la vida.
Que tontos e inocentes podemos llegar a ser. No vemos más allá de aquello que queremos ver. Vivimos empeñamos en crear nuestra realidad, sin importar si concuerda o no, hasta que nos sucede algo que nos hace aterrizar, que nos obliga a bajar de esa nube y que nos despierta con el fuerte y contundente golpe al chocar.
Y es que todo sucede tan rápido, casi sin tiempo para poder reaccionar...
El miedo y la angustia te superan, lo que comenzó como un mal presentimiento ahora toma forma y finalmente te encuentras esperando noticias, a las puertas de urgencias, sobre algo que no quieres que te digan, porque tu ya sabes, en tu interior, la verdad.
- Lo siento mucho, ha sido un aborto espontáneo- dice la doctora de forma aséptica.-Tome un analgésico, si lo necesita.
Y a la misma vez me tiende el papel dónde viene explicada la sentencia de muerte.
Siento como me arden los ojos, algo se quiebra en mi interior, aun así consigo controlarme. Doy las gracias y me marcho.
Salgo a la calle sin rumbo, ahora puedo llorar. Un mar de lágrimas inundan mis ojos, incapaz de reprimir por más tiempo ese llanto contenido.
Sigo andando, como un autómata, en busca de consuelo. Finalmente llegó a la playa, a la orilla de ese mar extenso que es el Mediterráneo, para llorar por esa pérdida, para decir adiós...

Relato escrito por Lola Sarrión

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