24 razones

24 de Diciembre. 24 los años que voy a cumplir. 24 los meses que hace que me dejó mi novia. 24 los currículums que he entregado esta semana. 24 las horas del día que me pasaría jugando a la play. 24 las personas que se juntarán en mi casa esta noche. 24 los lugares a los que se me ocurre escaparme…
¡No soporto esto de la Navidad! Parecemos todos tan estúpidos intentando aparentar lo que no sentimos… Resulta todo tan falso… Siempre la misma pantomima: que si el pesebre, que si el arbolito con sus bolitas… ¡Ups, se me olvidaba! Voy a esconder monedas de chocolate por el árbol, que me encanta la cara que ponen mis primos pequeñajos cuando las encuentran.
¡Y lo de las comidas… eso ya me repatea! ¡Qué empeño en servir cosas raras! Que si redondos rellenos de mejunjes, que si mariscos que parecen sacados de una novela de terror… ¡Joder, unos macarrones con su salsa boloñesa es lo que yo quiero! Pero no… ¡Ostras, ahora que pienso… el año pasado fui el puto amo comiendo canelones! El récord lo ostentaba, desde siempre, mi padre… No me hace gracia haberle quitado esa medalla… Este año le voy a dejar ganar; se hace mayor, los años empiezan a pasarle factura y, seguramente, esa derrota se lo recuerde… Me comeré uno menos que él.
¡Ag! Y tengo que aguantar a mis tías… Por más que intento escaquearme, mi tía Marisa siempre me pilla; a ella no le importa que esté encerrado en mi habitación, ella entra sin más y, con los brazos en jarra y meneando la cabeza, me suelta la misma perorata que acostumbra mi madre, luego acaba el discurso diciéndome que soy un desastrillo y plantándome los dos besos más sonoros que he recibido nunca. En fin… Es maja mi tía Marisa.
Lo de mis tíos ya es un tema aparte. Todos compitiendo por todo: el mejor coche es el mío, el trabajo más cansado es el que yo hago, el mejor vino es el que yo compro, la mejor cocinera es mi mujer… Pero, claro, qué sería la familia sin esas conversaciones que le ponen orden al mundo…
Y lo de mi madre ya es el no va más… Tres días antes se mete en la cocina y sale sólo para dormir. «¿Para qué tanto esfuerzo?», le digo. Es que no me gusta verla tan cansada; aunque sé que está feliz, eso sí, le encanta la Navidad, le da vida. Esta mañana le he dicho que no quería quedarme esta noche en casa y, con los ojos vidriosos, me ha contestado: “No me sirve de nada todo esto si tú no estás”, y, claro, la he tenido que abrazar muy fuerte porque mi madre todavía es mejor madre en Navidad.
Ding-Dong.
Llaman al timbre. Voy a vigilar qué paquetes dejan en la caja de regalos del “amigo invisible”, a ver si me entero de quién es el mío… Jeje.
—¡Mama, ya abro yo! “Fum, fum, fum.”

Relato escrito por Montserrat Pérez

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